Entrevista con Federico Tachella, director de La Siesta, luego de presentarse en la Competencia Oficial de Cortometrajes del Festival de Cannes: “El cortometraje tiene una consistencia más parecida a la de un poema que a la de una película”

Premiado tras participar de la Competencia Argentina de Cortometrajes del último BAFICI, el cortometraje La Siesta, de Federico Luis Tachella (Vidrios,
Mirko), participó de la Competencia Oficial de Cortometrajes del Festival de
Cannes. BAFilm conversó con el director sobre la experiencia de rodaje de esta pieza audiovisual -con una escena clave filmada en un bar de Vicente López- luego de su paso por uno de los festivales internacionales de cine con mayor exposición a nivel mundial.

-¿Cómo describirías un cortometraje como La Siesta?

Como un poemita escrito con imágenes, en el que una nieta le ofrenda a su
abuela una tarde de placer. Siento que el cortometraje tiene una consistencia más parecida a la de un poema que a la de una película. Después de verla varias veces, fui descubriendo que La Siesta se funda y vive en el reino del diario íntimo, de la amnesia alentadora, de la adrenalina previa a tener un sueño. También me gusta pensarla como una veneración a la compañía. La compañía como bálsamo. Como prueba de que hay alguien más en el mundo sintiendo algo. Jacqui Golbert la describió como una oda a la supervivencia: no hay edad, género ni condición para desear, para buscar calor, para comer, para dormir.

-¿Cuáles fueron los principales desafíos a la hora de filmarlo?

No saber si íbamos a filmar o no hasta la mañana misma del rodaje. Graciela Ninio, protagonista, tiene 84 años y habitualmente no sale de su casa. El día de la filmación ella se iba a despertar y evaluar cómo se sentía. No buscamos un plan secundario porque esta película solo era posible por el nivel de intimidad y ternura que hay entre personas muy específicas, muy especiales, que comparten un vínculo profundo entre sí por fuera del cine. Graciela Ninio interpreta a Graciela Ninio, Rita Pauls interpreta a Rita Pauls. Graciela es la abuela de Rita en la vida real. Si bien ambas ponen en escena una capacidad performática alucinante, lo que verdaderamente está vivo entre ellas jamás podría ser interpretado por profesionales de la actuación.

Foto web: La siesta, de Federico Luis Tachella

-¿Cómo fue el proceso de selección de locaciones para el corto?

Así como los orígenes del cortometraje son vivos, desde el principio queríamos teñirlo con ficción. Dejar que las imágenes se independicen del registro documental y tengan vida propia inventada. Desde que escribimos el guión teníamos la certeza de que queríamos ver otros escenarios, impregnados de fantasía y de aura cinematográfica. Rodamos “La Siesta” en dos jornadas: la primera en una antigua maderera de Capital Federal que parecía una casa de abuela, pero también tenía una presencia infantil, que habita por igual al personaje principal. El segundo día filmamos la escena del bar en Florida, barrio del partido de Vicente López. Vimos una infinidad de bares hasta que apareció “La Sarita”. Es un escenario que parece sacado de un cuadro de Van Gogh. Es un bar que parece olvidado. Como si tuviera una orilla en el mundo real y otra en el imaginado. Me acuerdo de subirme a un colectivo e ir hacia allá de inmediato. Llegué hacia las cuatro de la tarde. Todas las persianas estaban bajas: como un chiste del mundo, el bar estaba cerrado por la hora de la siesta. Me alegró descubrir que la esquina era muy calma, que no pasaban demasiados autos ni tampoco transeúntes. Un escenario ideal para rodar un bar imaginario de abuelas que toman café desnudas. Me senté a esperar en la vereda hasta que un grupo de señoras que paseaban a tres caniches blancos adivinaron todo. Me preguntaron si quería entrar en el bar y me acompañaron hasta la casa de su dueño.

-Como realizador, ¿qué significado le das a la presentación del
cortometraje en la Competencia Oficial del Festival de Cannes?

Fue mi primera vez y la única conclusión que tengo hasta ahora es que Cannes es un diorama de la humanidad en estado concentrado. Atravesar dos semanas en un festival así es una experiencia excitante, formadora, shockeante y reveladora. Todos los ojos del mundo están posados ahí por once días. En las mesas de los cafés se escuchan números y porcentajes de presupuestos, cineastas que intentan vender historias. En la entrada al cine los guardias de seguridad chequean meticulosamente el dresscode de los espectadores, afuera hay filas de entusiastas vestidos de lujo sosteniendo carteles rogando por entradas. Todo pasa a mucha velocidad y uno llega con mucha idealización previa, mucha carga simbólica depositada en la alfombra roja. Quizás lo más cercano a ese espejismo que uno trae armado previamente, me pasó una noche de lluvia que iba caminando por la calle, cuando de repente me embistió un señor apurado con paraguas. Todo el tiempo la gente se agolpa, se empuja, se enoja alrededor del cine Lumiere. Cuando di vuelta para quejarme, descubrí que el señor que me había pegado era Herzog. A través de ese generoso mapa de la humanidad y de la
industria del cine, se puede pensar sobre la identidad del cine que querés hacer, qué lugar ocupar y cuál preferiblemente desocupar. Las películas, solas, también hacen ese trabajo magnético: en seguida hay mucha gente que se acerca y mucha otra que se aleja. Nosotros estamos cerca de rodar un largometraje y el festival nos permitió conocer muchos aliados inesperados y también revisar con más ideas y más herramientas las mismas cosas que venimos pensando siempre.